viernes, 23 de septiembre de 2016

El barco que tiré al charco.


El otro día leí una frase que me hizo pensar: "La vida es corta. Empieza por el postre."

Y yo, tan preguntón, ya tenía pregunta para mis amigos. Y no era otra que la siguiente cuestión: 

Tú cuando desnudas a una chica, ¿por dónde empiezas?

¿Y sabéis que contestaron la mayoría de ellos?

Los pantalones. 

Malditos. Ellos si que son pantalones. Y de los buenos. De los que no se rajan. En fin. Ya saben. Lo que pasa es que le gustan mucho los pantalones, por eso NO se comprometen con ninguno. 

Yo como sabéis, siempre sigo la teoría de mi yayo. 


Él dice que las chicas con los pantalones rotos han sufrido muchas caídas, por lo tanto, saben de errores y penurias sentimentales. Se tratan de chicas con carácter y llenas de experiencias.

En definitiva, la chica que acabo de conocer le encanta ir en pantalones rotos. Le da igual el color, el caso es insinuar de manera elegante y sugerente. De ir por el mundo a grito pelado diciendo: 

– Eh tú, ni se te ocurra jugar conmigo porque tengo muchos tiros pegados. 

Creo que mi abuelo es demasiado sabio, por eso, siempre acabo fiándome en chicas con los pantalones r oto s.




Y mientras ella duerme en su cama, yo estoy tomándome un café. Un café largoooo, de los que me recuerdan a la noche de ayer.

Fue brutal. 

Menuda chica más sensual. 

De hecho, me he puesto tan nervioso de recordarlo que se me ha 

de
rra
ma
do todo el café, quedándose en un café manchado. De los que me gustan a mí. Con mucha leche y poco café. 

En fin, fue una noche envuelta en magia, copas, pinta labios, cigarros y risas desmesuradas. 


Y así ocurrió. 

En lugar de usar el ascensor, decidimos subir por las escaleras para entrar en calor y entumecer sus piernas. Eso si, subí los escalones de dos en dos. Como siempre hice desde niño.

Eramos jóvenes. Inspirados por lo vintage y por la simpleza de lo moderno.

Total, que subimos corre que te corre y entramos en su casa. 

¡Menuda casa más chula tenía!


Me inspiró tanto que abrí la ventana. Inspire aire por la nariz y, mientras tanto, hice un barco con las pocas cartas que me quedaban en el bolsillo. Lo acabé y lo lancé al vacío. Hizo un pequeño tirabuzón, meciéndose en el aire con cierta gracia, para luego caer en picado hacia la deriva. Al estilo Titanic y hundiéndose en aquel charco creado por el querido Otoño. 

Ya no quedaba nadie más, tan solamente ellos dos.

Debían de ser las 3 de la mañana.
El barco penetró en el agua muy fuerte. El agua sonrió. No necesitaban explicaciones. Ambos se fusionaron y crearon el reflejo de una dama sencilla y compleja. 

En el fondo, ambos sabían que era una persona interesante. Se miraron y una fuerza de intuición, inocencia y sensualidad les juntó para siempre.

Y todo quedó en eso, en un barco, un charco y una dama ahogada en el mes de octubre.


La vida es el arte de navegar entre luces y sombras. Lo importante no es cómo soplan los vientos sino cómo se ubican las velas.

Y ahí andaba yo. Parado. Recién levantado. Bebiendo café despacio  y navegando con mi mirada por aquellas figuras recreadas en el suelo de su patio. 

Sin darme cuenta me había enamorado. Nada más lejos de la realidad, porque esperamos que las cosas buenas nos caigan del cielo constantemente y no entendemos que igual que vienen se van y que muchas veces tendremos que sacrificar algo en pro de conseguir otras cosas. 

Así que cogí fuerzas y como buen marinero puse todo mi empeño en controlar el temporal, porque supe desde ese instante que había merecido la pena subir a casa de ella. 

Y en ese instante bajé corriendo a rescatar aquel barco que tiré a las 3 de la mañana.

Y ahí estaba, lleno de grietas. 

Los rasguños que hayan podido quedarle a la cubierta ya son parte de su propio encanto y aprendizaje.

Ahora era mi turno.

Olvidaré el pasado y me centraré en el presente.










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