viernes, 16 de septiembre de 2016

Y lo volvió a encender...



Un ejercito compuesto por veinte individuos se han colado por el patio interior de mi casa. Me han amarrado y estoy preso en una habitación adornada por una estela blanquecina y grisácea. Me da miedo esta cuadrilla. Están uniformados por trajes blancos y cascos marrón dorado. Han debido de pasar un entrenamiento estricto y dosificado. No por nada, sino porque son altos y ligeramente estilizados. No me dejan hablar. De hecho mejor porque se encienden como una mecha. Estoy jodidamente atrapado. No encuentro salida.

Esta situación  me agobia demasiado. Maldita sea, voy a fumar. Eso sí, prometo que uno y ya está. A partir de ahora bajaré la cantidad de cigarrillos. Y de repente, uno de los miembros del ejército desapareció. Si, os lo prometo. Ha desaparecido por arte de magia. Al estilo Frakson. Y no, no estoy cambiando de tema. Prometo a partir de ahora dejar de fumar. Pero sin exigencias. Porque yo quiero. Y como rechistes vuelvo a fumar. Ay... espera, el último y ya está. 

Para dejar de fumar voy a necesitar enamorarme. Porque el amor todo lo vence. Porque por amor se hacen las mayores locuras del mundo. Porque el amor lo puede todo.

Muchos de vosotros contaréis hasta 10. Otros cerrarían los ojos y los abriría de nuevo para comprobar si todo es un sueño.

De una forma u otra tengo que decirte que estoy atrapado en una cortinilla de humo. No me deja respirar. No me deja avanzar. No me deja oler el perfume de la vida.

Hay cigarrillos prestados. Cigarrillos hechos a mano. Cigarrillos para el después. Cigarrillos con intención de. Cigarrillos que se apagan y no se dejan encender. Cigarrillos mata estrés. Cigarrillos que cierran acuerdos. Cigarrillos que matan. Cigarrillos que te impiden ver la realidad. Cigarrillos con sabor a chocolate.

Últimamente los cigarrillos no apagan esta desilusión que viste mi día a día. Estoy obsesionado y aterrorizado. Necesito mi espacio y  tiempo. Necesito sentir esas ganas que tenía antes por todo. 

Entre cigarrillo y cigarrillo voy descubriendo mi personalidad. Y ya me lo avisó mi madre entre calada y calada. Maldita sea. Al final es cierto. Si, aquella frase que dice: El que avisa no es traidor, es avisador.

Y aquí estoy. Rayado. Enfadado. Desilusionado. Cabreado por no oler a nuevo. A coche recién sacado del concesionario. Y si tengo algo claro, es que no pienso cambiar; no porque no quiera, sino porque la nicotina de mierda me lo a prohibo. 

Y si, ahora estoy de parranda. De calimocho. De cigarrillos. De conversaciones de chicas. Ahora estoy aprovechándome de tu ausencia mientras tú escribes en mi cama. 














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