lunes, 28 de mayo de 2018

Un amor bloqueado


Estoy harto de correr sobre el pasado y echarme a cuesta los errores cometidos. Me agota. Me enfada. Me estresa. 

Nos fascina mirar atrás. 
Haciendo memoria. 
Creando historias. 
Y así nos va.
Creyendo que aprendemos de lo que ya ocurrió.
Aprender, lo que es aprender, nadie aprende.
Si fuera así, la humanidad habría ido mejor en absolutamente todo. Y en el amor, ni te cuento.

Esta tormenta me está causando dolor. Quiero paz. Quiero un refugio que me proteja de este infierno lleno de arañazos. De lengüetazos y palabras ardientes. De giros de cara. De paseos dándome la espalda. De una timidez disfrazada de valentía y cara. 

El amor no es esto. El amor es amistad. Confianza. Respeto. Lealtad. Saber escuchar. Comprender. Empatizar. Sorprender. Y, sobre todo, saber afrontar las cosas. Porque a nadie le gusta discutir. Te lo aseguro. 

A nadie.

Y el problema es ceder, evitar enfados y hacer como si nada. Porque en ese nada hay dudas, temores, miedos, inseguridades, celos, situaciones que deben ser solucionadas. Porque nos parece que eso que estamos haciendo está bien y no lo es. Y yo, sin atreverme a darle un consejo, le contesté que no debe darnos pereza: no hay mejor momento que éste, porque es el único que realmente tenemos.

Ahora o nunca.

No seré perfecto. Pero tampoco imperfecto.

Hoy es 28 de mayo. Y ha salido un sol de la ostia. Los rayos del sol entran por mi doble ventana y alumbra esta habitación ordenada. Y  entre tanto orden empezaba a preguntarme cual fue el principio del fin. Ese comienzo que empieza con discusiones chorras. Seguidas de rachas tontas de melancolía. Subidones totales. Y bajones bestiales. Esa chica no sabía cuando discutía más de la cuenta. Se comportaba de un modo errático e insensato. Y no señor. Yo no tengo seguro para eso.

Pero siempre que empezaba a sentir que había pocos motivos para continuar, me recordaba que aún teníamos algo tremendamente importante en común: EL AMOR.

Hace tiempo leí que sólo tropiezan los que están avanzando. Tropezar, por tanto, es una buenísima señal. Señal de que las cosas se mueven. Señal de que te diriges hacia algún sitio. Lo que es malo en la vida no es tropezar, sino quedarse ahí, tirado en el suelo. No volverse a levantar. 

Lo natural es buscar el causante del tropiezo. Encontrar la piedra. Reconocerla.

Y seguramente ahora te preguntarás:

¿Cuál es la fórmula perfecta del amor?

No lo sé. 
Solo sé que:


"Somos de los que odian amar pero quieren ser amados" 
–Rafael Lechowshi


Estoy en la curva. Con lluvia. Tormenta. Miedo. Ansiedad. Con el cinturón a punto de soltarse y escupirme hacia una muerte segura. Tengo miedo pero me siento listo para morir y llevarme conmigo todo aquello que nos hacía matarnos en vida.

Ya no habrá:

Taxistas. 
Sardinas en Sevilla. 
Gatos grises.
Últimas copas en casa de.
Fotos de vestido rojo.
Supuestos mensajes borrados.
Más días sin aburrirte. 
Celos.
Lamentaciones. 
Horas tirados en el sofá.
Más perfumes con recuerdo.



Y así se solucionó la falta de confianza. Matándome en medio de la nada y gritando mientras me chocaba: "No pasa nada".