sábado, 18 de agosto de 2018

Haba Tonka


Después de un mes intenso y de asimilar que tengo 28 años, me dispongo valientemente a contaros que últimamente estoy anclado en colchones sin muelles y desayunos tomados a media tarde. 

Mis días de verano contienen cafeína y una sustancia conocida como Haba Tonka. Para los desconocidos del Gintonic informaros que es una planta de denominación caribeña que proporciona virtudes gustativas y olfativas muy potentes. Eso si, tiene un pero. Que envenena. Si te pasas de proporción puede matarte a base de buches y sorbitos. 

Y la vida al final es eso. Arriesgar y sentir la emoción de la adrenalina. Del momento. Del placer majestuoso de sentir mono. De tener la jodida sensación que el corazón corre a 1000 por hora y traspasa la piel fundiéndose en sudor en busca de un buche de Haba Tonka para refrescarse del sofocante calor de agosto.

Y la solución a mis problemas siempre fue bucear a pulmón y fingir ante los demás que estaba bien. Pero realmente estaba en el fondo. En una oscuridad vacía e infinita. Lanzando brazadas con actitud y con ganas de seguir nadando en busca de algún rayo que iluminara la superficie de un halo de esperanza.

Era inevitable. Andaba por la vida descubriendo el amor eterno y envenenando mi mala suerte de caprichos innecesarios y cenas con sabor a vino y espárragos salteados con jamón y una lengua de torta del Casar. 

Y es que mi mayor regalo era descubrir que mi destino estaba envenenado de traición y confusión. Un nudo en la garganta creado por gotas de canela y vainilla. Y es que aunque mi mundo estuviera muerto, estaba lleno de sueños y caminitos de suspiros y aliento.

No deberíamos tomar decisiones permanente basada en emociones temporales. Por eso, estuve sin escribir todo este tiempo.

Hace unas semanas estuve en Bélgica. Allí pude descubrir la magia que envolvía la ciudad que inspiró a mi inspirador René Magritte. Por fin conquisté Bruselas. Y no de cualquier manera. Sino enterrando la pieza que completaría el puzzle de mi vida. De hecho, el primer día estuve desayunando con él. Ligero. Como le gusta a él. Con una manzana y unos buchitos. Esta vez de agua. Claro está. Y para finalizar una partida de ajedrez.

Jaque Mate.

Así estaba. Quieto pero inquieto. Contento pero nostálgico. Elegante y galante. Un hombre con ganas de vivir y hacer vivir. Y así me sentí. Con aliento de percibir el calor de su musa Georgette Berger. 

Fueron cinco días reflejado en emoción, surrealismo, sentimientos personales y caprichos por lo que merece la pena viajar y vivir. 

1) Comer tu plato favorito (Carrillada con papas) en la Grand-Place.

2) Escuchar música mexicana en directo.

3) Comer chocolate de todos los tipos mientras observo Manneken Pis.

4) Enterrar una pieza de puzzle a los pies de René Magritte. 

5) Llamar al timbre de la casa Museo de René Magritte.

6) Tener un Carrefour Express enfrente del hotel.

7) Hacer magia en la última bola de Atomium.

8) Disfrutar de la brisa de Brujas mientras comes pasta cuatro quesos en un banco. 

9)Ver como tu perfume favorito te lo quitan de las manos en el aeropuerto de Zaventem. 

10) Comerme un bocata de jamón en el avión.

11) Ver París por la noche desde el aire.

12) Verla dibujar el castillo de Gantes. 



Cualquier vida es aburrida si no se sabe vivir. Y ahí está la cualidad del buen vividor. Saber vivir y no mentir. Aunque más feo que mentir es dar un disgusto. 

Por eso, fuera coña. No beban Gintonic con Haba Tonka.


PD: No vaya a ser que te lleves un disgusto.