sábado, 31 de octubre de 2015

El mundo a mi manera


Estoy en medio de un océano. Nadie me puede alcanzar. Nadie me puede salvar. Puedo sentir el frío y la vibración de los peces. Estoy volviéndome loco mientras mi energía está tragando miedo. El corazón está atrapado en un tiempo y espacio infinito.

Me quedan 30 segundos para decirte que jamás dejes de mirar hacía arriba. Qué jamás dejes de perseguir tu leyenda personal. Estoy apunto de entrar en un mundo donde los relojes no tienen arena. Estoy entrando en un mundo lleno de imágenes y recuerdos. Estoy entrando en un mundo donde el amor y la paz existen. Estoy entrando en un mundo donde las damas cantan y los caballeros fuman el anhelo de su pasado.

No me busques, no merece la pena. Mi mente se está paralizando y no estás aquí. Te hecho de menos.

No sé donde voy a ir...

Mi mente grita millones de voces. Todas dicen que si pierdo, lo pierdo todo.

¿Acaso esa es la moneda que tengo que pagar por el fracaso de un sueño incumplido?

A pesar de mis esfuerzos empiezo a notar algunas grietas en mi capa exterior. Cuando reviso mi insignificante vida, y todas aquellas mujeres que he conocido, no puedo evitar pensar en todo lo que han hecho por mí y en lo poco que he hecho yo por ellas; en cómo cuidaron de mí, se preocuparon por mí, y yo les correspondí no devolviéndoles nunca el favor. Sí, creía que era el que sacaba mayor beneficio. Y ¿qué tengo? En serio. Unas monedas en el bolsillo, algunos trajes caros...



Libre como un pájaro. No dependo de nadie, y nadie depende de mí. Mi vida es sólo mía, pero no tengo la conciencia tranquila, y si no tienes eso, no tienes nada. Así que no puedo dejar de preguntarme cuál es la respuesta: 

¿Qué sentido tiene todo?

Creo que lo malo de los sentimientos es que tienen ese modo sigiloso de aflorar cuando menos te lo esperas. Encuentra a alguien que ames y vive como si cada día fuera el último.


Hace menos de un mes decidí ir unos días a Nueva York. 

Hace poco en una cena, una amiga me pidió que le trajera un pequeño regalo. Y yo, que nunca he podido resistirme a los ojos castaños de una chica (ni a los verdes, ni a los azules, ni a los negros, ni a los estrábicos, la verdad), dije que sí, que por supuesto, que cómo no. Y envalentonado por el segundo gin tonic, le dije que le traería lo que ella me pidiera de Nueva York: la Quinta avenida, la Sexta, la Séptima, los desayunos con diamantes de Audrey Hepburn, un poco de nieve derretida en mi bolsillo, una noche del Soho e incluso un pato de Central Park.

Qué quieren que les diga: siempre me pongo algo lírico tras la segunda copa.

Una ciudad es como una chica: no la deseas realmente hasta que no sueñas con ella. Por eso, antes de viajar a Nueva York, primero hay que soñarla.

Espero que os gusten.